Con la caída del Muro de Berlín, en 1989, Gilder empezó a interesarse por temas tecnológicos con un tono utópico que nunca me ha convencido del todo, y siguió pisando charcos con aquel "Evolution and Me", un artículo en el que tomaba partido por la teoría del diseño inteligente y que puede resumirse en esta frase: "El darwinismo es un impedimento para el avance de la ciencia".
La tesis de The Israel Test queda bien clara en la introducción, que en sí misma es un ensayo autónomo y sirve de resumen a lo que viene más adelante. Gilder no es judío, es más bien lo que se suele conocer como un wasp ("white anglo-saxon protestant"), un protestante blanco anglosajón de pura cepa que, sin embargo, hace la mayor apología del pueblo judío que uno ha tenido ocasión de leer en los últimos tiempos:
Some people admire success; some people envy it. The enviers hate Israel.
El autor se atreve a razonar de forma impecable cómo el odio a Israel procede de los que no entienden el libre mercado, es decir, establece un vínculo directo entre antisemitismo y antiliberalismo. Dedica páginas memorables a los eunucos mentales incapaces de ver en el free minds, free markets la razón del éxito israelí, que tiene raíces históricas. Porque los judíos han sido siempre emprendedores, comerciantes, banqueros, creadores de riqueza, una minoría dedicada a hacer prosperar las comunidades en que estaban instalados, comunidades que, con frecuencia, los han señalado como chivos expiatorios con el fin de apropiarse de los bienes que su capacidad de emprender e innovar les iba proporcionando: ahí están las persecuciones de la Antigüedad, la Inquisición, la Shoah, los pogromos modernos... Ya que el autor no cita al Lorca de "Poeta en Nueva York", lo haré yo:
Es preciso matar al rubio vendedor de aguardiente,
a todos los amigos de la manzana y de la arena,
y es necesario dar con los puños cerrados
a las pequeñas judías que tiemblan llenas de burbujas,
para que el rey de Harlem cante con su muchedumbre (...)
Por este motivo la legión nada famélica de indigentes sumaceristas es incapaz de concebir que el éxito de Israel provenga de la free enterprise, es decir, de su capacidad para innovar y emprender en libertad. Para ellos, si Israel prospera es a costa de sus vecinos, explotándolos. Unos vecinos que, en vez de imitar la democracia y la libertad israelíes, votan a yihadistas en las elecciones; unos vecinos que impiden a sus súbditos mudarse a los asentamientos judíos, que es lo que realmente quieren, como querían mudarse a Occidente los súbditos del comunismo. Los totalitarios rezuman bilis contra Israel porque su modelo liberal funciona, y eso les despierta envidia y resentimiento, que es la nueva forma del odio antisemita.De hecho, el autor dedica buena parte del libro a analizar los fundamentos de la sociedad en la que vivimos, basada en avances científicos y tecnológicos llevados a cabo por judíos como Albert Einstein, Niels Bohr, Heinrich Hertz, John von Neumann o Richard Feynman. Ellos establecieron la teoría cuántica que ha permitido el digitalismo en que estamos inmersos, ellos desarrollaron la energía nuclear que posibilitó la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial y posibilita hoy la producción energía limpia y barata con la que prosperar, ellos desarrollaron la biotecnología que nos permite combatir las enfermedades con más eficacia, ellos inventaron el microchip... El genio judío ha forjado en buena parte la cultura y la economía en que vivimos.
Gilder dedica también un capítulo apasionante al pujante Israel de hoy, que tanto debe a las reformas económicas estructurales del primer gobierno de Netanyahu (1996-1999); reformas que, por cierto, recuerdan mucho a las que puso en marcha el primer gobierno de José María Aznar en España durante el mismo período, y que llevaron a nuestro país a un nivel de excelencia como jamás habíamos conocido: luego vinieron otros gobiernos y malbarataron lo logrado con su ineficacia e incompetencia. En Israel, al contrario que en España, dichas reformas liberalizadoras han tenido continuidad e incluso se han visto reforzadas, de modo que hoy en día es con diferencia el país con un mayor grado de innovación per cápita, por encima de los EEUU:
Israel today concentrates the genius of the Jews (...) Today tiny Israel, with its population of 7.23 million, five and one-half million Jewish, stands behind only the United States in technological contributions. In per-capita innovation, Israel dwarfs all nations.
No estamos ante una lucha de fronteras o de religión: esta es una lucha moral contra el resentimiento y la envidia de los que odian la excelencia.
GEORGE GILDER: THE ISRAEL TEST. Richard Vigilante Books (EEUU), 2009, 296 páginas.
EMILIO QUINTANA, filólogo y escritor.










La
Con Irán amenazando y despreciando, la declaración final se movió entre las buenas intenciones y lo que Rafael Bardají ha denominado 




Siendo un grupo tan reducido, su significativa relevancia es desproporcionada. Es su influencia en ámbitos como el cultural y el científico lo que hace que parezca que los judíos son más de los que de hecho son.
En Israel se convierten anualmente al judaísmo unas 1.500 personas. La cifra no parece significativa, pero no olvidemos que el judaísmo no hace proselitismo. Quien quiera hacerse judío será bienvenido, pero que nadie espere que el rabino vaya a ir a buscarle. La convicción, para ser legítima, tiene que brotar de uno mismo. Y la conversión implica observancia plena de las leyes y costumbres judías.









