El joven israelí Daniel Gross tiene un mundo por delante. En su caso, intenta diseñarlo con tan sólo 19 años y sin ningún titulo académico. Su revolución, de momento, es virtual. La sencillez y originalidad llega con su buscador social llamado Greplin que desafia al todopoderoso Google al buscar y rastrear en las cuentas de las redes sociales como Twitter y Facebook y otros servicios como Dropbox o Salesforce. Navegar y crear una agenda personal con todos los datos. "Sé que el proyecto es bueno cuando algunos me dicen, 'mi vida es más fácil ahora'", opina.
"Un día quise buscar información sobre una fiesta en la noche de Jerusalén. Encontré todo tipo de webs con mucha información pero ninguna en la que tecleando las palabras 'Fiesta, Martes, Jerusalén', me diese la dirección exacta. No sabía si era un evento apuntado en Facebook o en otra cuenta. Desarrollé este producto y después me reuní con inversores potenciales. Una vez completado el proyecto, construí la base y recluté medio millón de dólares", explica con total naturalidad al diario israelí Yediot Ajaronot.
Esta es la versión corta de la exitosa historia de este genio informático que abandonó Jerusalén al ser aceptado en el prestigioso invernadero Y Combinator en Silicon Valley.
¿Quién es Daniel Gross? Se preguntan los medios especializados en Israel, país acostumbrado a promover y encumbrar a jóvenes talentosos del mundo de las altas tecnologías. ¿Quién es el mocoso que idea un proyecto tan sencillo como ambicioso que logra bucear en Facebook, Twitter o Linkedin y en otras zonas inaccesibles para Google como algunas plataformas de la 'nube'?
De padres norteamericanos, Gross creció y se educó en el emblemático barrio de Katamon en Jerusalén. Ya en el colegio Jorev destacó por su olfato virtual. Su madre era una periodista y su padre un profesor de Informática que decidieron instalarse en Israel. "A los 8 años, empezó mi pasión por los ordenadores. El trabajo de mi padre evidentemente ayudó. Profundicé mis conocimientos a medida que iba avanzando", cuenta. Y Combinator le descubrió y Gross lo dejó todo, incluso la llamada a filas (obligatoria a los 18 años en Israel), para probar "la aventura de Silicon Valley".
"En primer lugar, no me creí que me aceptaran en la academia y mucho menos que me quedara. Sólo cuando conseguí recaudar tanto dinero para Greplin, me di cuenta que me comprometí a algo muy serio", explica Gross.
Recuerda el fracaso de su primer proyecto en la academia poco antes de la presentación oficial y una visita que cambió su vida: "Fui a casa de Paul Graham, fundador de Y Combinator, que me abrió los ojos. Repaso mis ideas y me dijo que no son cosas que a mí me gustan. Me dijo que pensara en algo que me fuera útil a mí hoy mismo y no sólo que sirviera para la gente en un futuro. 'Para triunfar, debes crear un producto que tú uses continuamente ya que cuando tengas que tomar decisiones transcendentales al respecto, no podrás hacerlo si no lo usas de verdad'. Fue cuando empecé a preguntarme qué es lo que yo quiero y necesito en la Red".
Gross llegó a la conclusión de que "en Internet todo se puede encontrar a través de Google pero no puedo hacer algo tan sencillo como vincular mis cuentas en las redes". Tras 48 horas encerrado en su modesto apartamento de San Francisco, Gross inventó Greplin. "Para mi sorpresa mayúscula, no me tiraron tomates", dice sobre la presentación que arrancó aplausos, interés y, lo más importante, fuentes de financiación.
Resta importancia a su edad. "En Silicon Valley, no importa la edad que tengas o de donde vienes. Lo que manda es si eres capaz de cumplir tus promesas", afirma confesando que el hecho de crear Greplin sin socios tiene algunas desventajas. "Cuando programas un producto tan importante no sólo debes trabajar mucho sino también rápido. Por eso, busqué un compañero. El problema fue encontrar alguien que por un lado tenga la capacidad técnica para el desarrollo del programa y por otro puedas convivir con él 20 horas al día".
Asegura que echa de menos la calma de los viernes en Jerusalén y cuando le preguntan si tiene planificado estudiar en Harvard, contesta al periodista israelí: "No descarto nada pero me gustaría estudiar en la Universidad Hebrea de Jerusalén o el Tejnion de Haifa. En relación al número de habitantes, Israel es una potencia en 'startups'".
Puntualiza que no se considera competencia real y directa de Google afirmando que "ellos no consiguen información externa. Es decir, al ser competencia de Facebook, Microsoft y Apple, por tanto, no tienen la capacidad de compartir información. Nuestras diferencias no son sólo técnicas".
¿Acabará vendiendo su producto al gigante Google? "No me gustaria hacerlo. Espero poder llevarlo en unos años a Nasdaq", contesta el flamante fundador y director general de Greplin como si fuera un frío tiburón de las finanzas y alta tecnología. O quizas, a sus 19 años, ya lo es.
Fuente:elmundo.es


Y es cierto que los nacionalistas vascos y catalanes fueron los primeros en hablar de Israel y en apoyarlo. Dice la leyenda, que siempre tiene algo de verdad, que hubo gudaris colaborando con el Irgún, aunque después los nacionalistas vascos se desdijeron. Ni la izquierda abertzale, sea lo que sea eso, ni el PNV hacen gala de sus simpatías por Israel. En Galicia, ni hablar. De hecho, tengo entendido que cuando se fundó la Sociedad de Amistad Galicia-Israel, muchos de sus miembros, militantes del BNG, fueron expulsados por ese gesto. (Pedro, por favor, confírmalo o desmiéntelo).
No soy nacionalista –desearía ver una España estructurada, en la que nadie mire de reojo al vecino, pero creo que, si alguna vez eso tiene lugar, yo ya no estaré–, y tampoco, por lo tanto, soy sionista, en el sentido que los pioneros daban al término. Soy, eso sí, irrenunciablemente occidental, y es por eso que Israel forma parte de mí y yo de Israel. No busco ninguna causa menuda para esa lealtad, que lo es a mí mismo. Es –lo escribí aquí hace unos días, citando a una querida e inteligente amiga– una cuestión de decencia. Esto es Occidente, son milenios de civilización. Si alguien prefiere limitar su lealtad a su ayuntamiento, a su lengua, a su autonomía, a su nación, es cosa suya. Pobre, comparativamente, causa menuda, pero legítima. Si podemos recorrer juntos una parte del camino, bienvenido sea el compañero circunstancial mientras dure. Y si en un momento descubrimos que, para llegar a Jerusalem, él prefiere pasar por Olot y yo por Madrid, no me inquietará, porque lo importante de verdad es Jerusalem.












Para demostrarlo, Rosa Sala Rose emprendió una investigación minuciosa en los archivos históricos de Cataluña y recogió una serie de historias particulares, elegidas entre otras muchas que culminaron de idéntica manera –con la entrega a los alemanes en la frontera o con un suicidio– por lo detallado de su documentación. Como la autora narra con prosa excelente, su lectura es tan sencilla como impresionante. Yo creo que ésta es una de las mejores maneras de escribir historia, mediante el subrayado de las oscuras historias de cada uno, que son las de todo el mundo: era lo que pedía Fernand Braudel.


