Desde " Casa de Israel " trabajamos para hacer frente al antisemitismo , la judeofobia y la negación o banalización de La Shoá ( Holocausto) . No olvidamos las terribles persecuciones a las que fue sometido el pueblo judío a través de los siglos , que culminaron con la tragedia de La Shoá . Queremos tambien poner en valor y reconocer la fundamental e imprescindible aportación de este pueblo y de la Instrucción de La Torá , en la creación de las bases sobre las que se sustenta la Civilización Occidental.
Si nada falla, el 13 de febrero de 2019 Israel se convertirá en el
cuarto país en poner un pie en la Luna. Tras EE.UU., Rusia y China, el
estado judío se convertirá en el cuarto país que enviará una aeronave
propia al astro espacial. “Conoced nuestra nave: pequeña, inteligente, y
con mucha jutzpá (descaro)”, celebraba en un tuit la organización sin
ánimo de lucro SpaceIL, responsable de desarrollo del proyecto, que
también contó con la asistencia de la compañía estatal Israel Aerospace
Industries (IAI).
La nave despegará en diciembre del 2018 desde Cabo Cañaveral, en Florida. La llegada a la Luna será la primera de estas características desde el 2013.
El aparato, que tiene forma de mesa redonda con cuatro patas de
fibra de carbono, ha sido desarrollado por un equipo de ingenieros que
contó con un presupuesto de 77 millones de euros, considerado
relativamente bajo para un proyecto de tal envergadura.
Nave espacial israelí durante una presentación a la prensa en la sede de la compañía aeroespacial israelí MBT,
(Abir Sultan / EFE)
“Después de ochos años, la primera aeronave israelí, que se
encuentra en la fase final de construcción y pruebas, estará pronto
viajando a la Luna”, comentó Morris Kahn, presidente de SpaceIL. Y
añadió: “El lanzamiento llenará de orgullo a Israel en su 70.º aniversario.
Es un logro nacional que nos colocará en el mapa espacial del mundo”.
Según lo previsto, la nave transmitirá imágenes y vídeos desde la Luna
dos días después de su aterrizaje, y medirá el campo magnético del
satélite como parte de un proyecto científico del Instituto Weizmann.
Para lograr culminar el proyecto –puesto en marcha en el 2011–,
tuvieron que sacrificar tamaño y capacidades operativas de la nave para
así garantizar un viaje exitoso. Con tan sólo unos 600 kilos –dos terceras partes del peso será carburante–, dos metros de diámetro y 1,5 metros de altura, se convertirá en la aeronave más ligera en alcanzar la Luna.
“Cuando el aparato alcance el punto de aterrizaje, será completamente
autónomo. El motor se detendrá y alcanzará la superficie a velocidad
cero para un aterrizaje suave”, indicó Ido Anteby, CEO de Space IL.
La nave será capaz de despegar desde el satélite y posarse otra vez medio kilómetro más allá
La aeronave recorrerá los 384.000 kilómetros hacia la Luna a una
velocidad 13 veces mayor a la de un caza F-15. Además, contará con
paneles solares y un sistema de control remoto con cámaras desarrollado
en Israel, que garantizará el contacto permanente con la base de
operaciones. El director de operaciones de IAI, Yossi Weiss, reconoció
que “el camino a la Luna no es fácil”. Pero Weiss quiso hacer hincapié
en que el proyecto hará “más alcanzable” este costoso objetivo, ya que
antes “se precisaban caros proyectos gubernamentales”.
SpaceIL reveló que el artefacto pondrá en práctica un “método
revolucionario”: será capaz de descender y luego despegar de nuevo para
culminar otro alunizaje a tan sólo 500 metros. Pese a que este proyecto
está financiado por empresarios filántropos –entre ellos el magnate de
los casinos Sheldon Adelson–, Israel prometió financiar un 10% del
presupuesto, pero todavía no ha hecho efectivo el pago. El Estado hebreo puso en marcha su programa espacial en 1980.
Poco después, en 1988, se convirtió en el octavo país en lograr enviar
satélites al espacio exterior. En el 2003, Ilan Ramon iba a ser el
primer astronauta israelí en volar al espacio. Desgraciadamente, formaba
parte de la trágica expedición de la aeronave Columbia, que estalló por
los aires, por lo que falleció junto a otros seis tripulantes.
Será la aeronave más ligera en alcanzar la Luna
Según los impulsores de la iniciativa, la misión pretende
alentar a la juventud israelí para que se involucre en estudios
científicos y lograr un impacto similar al que tuvo el Apolo en su
misión lunar en 1969. “Es un proyecto tremendo. Cuando sea lanzado al
espacio, todos recordaremos donde estábamos cuando Israel aterrizó en la
Luna”, aseguró Morris Khan.
SpaceIL empezó en el 2011 cuando los ingenieros Yariv Bash, Kfir
Damari y Yonatan Winetraub decidieron competir en el torneo de Google
Lunar XPRIZE, que repartía un premio de 20 millones de dólares para
el primer proyecto privado que lograra desarrollar un aparato pequeño
capaz de llegar a la Luna.
En 1969, el astronauta norteamericano Neil Amstrong hizo historia al
ser el primer humano en pisar la Luna. Cincuenta años después, será el
turno del Estado judío. Tal como celebró el CEO de SpaceIL: “Vamos a
plantar la bandera de Israel en la Luna”.
Eli Cohen es la historia de un éxito descomunal del
Mosad que acabó en fracaso dibujado en la soga. 53 años después de ser
ahorcado en Damasco, su reloj ha sido hallado en una operación en la
sombra del servicio secreto israelí al norte de Tel Aviv.
"Nunca
olvidaremos a Eli Cohen. Recordamos su legado, dedicación, valentía,
determinación y amor al país", dijo el jefe del Mosad, Yossi Cohen,
a la familia del agente que logró ganarse la confianza de los
principales jerarcas de Siria. Sus mensajes codificados enviados
clandestinamente desde su casa en la capital siria fueron vitales para
Israel. Por ejemplo, para doblegar en seis días a varios ejércitos
árabes en la guerra del 67. Su infiltración en el régimen sirio fue tan profunda que estuvo a punto de ser nombrado ministro. Su éxito, sin embargo, acabó siendo su perdición.
En
la larga búsqueda del cadáver de Cohen, el Mosad se topó recientemente
con el reloj de pulsera que en su día compró en uno de sus
viajes-tapadera a Europa. Israel no da detalles de la delicada misión,
aunque ha trascendido que tuvo lugar en Siria. Tras localizar al hombre
que llevaba el reloj, se inició una segunda operación para confirmar que
pertenecía al espía.
"Cuando el Mosad nos lo enseñó, nos
emocionamos. Sentí que parte de Eli volvía a casa y que podía volver a
tocar su mano. Nos dijeron que lograron recuperarlo en una operación muy
compleja. También me alegra de que no se hayan olvidado de él", afirma
su viuda Nadia. En una entrevista a EL MUNDO, aclara que aún espera que
encuentren sus restos para que sea enterrado en Israel. "Es posible. Creo que existe el cadáver y espero que el Mosad siga buscando", añade.
Su
hija mayor Sophie, que tenía cuatro años cuando fue ahorcado, recuerda
emocionada que "es su primer objeto personal que tenemos. Ojalá
encuentren su cadáver porque es un deseo de hace muchísimo tiempo pero
tal y como está ahora Siria, lo veo difícil".
Un álter ego sirio
Nacido
en 1924 en la localidad egipcia de Alejandría, hizo alia (emigración
judía a Israel) en el 57. Al cabo de tres años fue reclutado por la
Inteligencia. Tras una intensa instrucción que incluyó el
perfeccionamiento del árabe, el estudio del Corán, fotografiar de forma
discreta lugares sensibles y el uso de las comunicaciones, se hizo con
el papel asignado: un empresario sirio que vuelve a casa tras unos años
en Argentina. Bajo la falsa identidad de Kamel Sabet, el objetivo era informar desde las entrañas del régimen.
Gracias
a su carisma y generoso bolsillo, hizo amistad con importantes
generales y políticos sirios. Ninguno de ellos podía imaginar que detrás
de este pudiente hombre de negocios con un discurso muy antiisraelí se
escondía un hombre del Mosad que cada mañana enviaba información codificada desde su casa
situada a pocos metros del cuartel general del ejército sirio. Por
ejemplo, coordenadas de las fortificaciones fronterizas que él mismo
recorrió como invitado de honor así como la situación real de la Fuerza
Aérea. Con su chivatazo, Israel decidió lanzar una dura represalia
contra el ejército sirio tras un ataque contra agricultores israelíes en
la zona desmilitarizada.
En enero del 65 y tras cuatro años como
agente encubierto en Siria que combinó con escasos viajes para ver a su
familia en Israel, fue detenido. Con la ayuda de sofisticados
dispositivos electrónicos recién llegados de la Unión Soviética, los
servicios secretos sirios llegaron a su casa. Al principio pensaron que
era un error. No lo era. Irrumpieron en su habitación y encontraron el equipo de transmisión.
Un héroe nacional
Tras
ser torturado por los agentes sirios, fue juzgado sin abogado y sin
opción de evitar la sentencia de muerte. Las peticiones de algunos
dirigentes mundiales como el Papa VI no surtieron efecto. Al amanecer del 18 mayo del 1965 fue ahorcado en la plaza Marja de Damasco. Las autoridades retiraron su cuerpo al cabo de seis horas.
El
reloj que lucía en Damasco, como se aprecia en una foto, está expuesto
hoy en la sede del Mosad. "Es muy importante que esté allí donde pasan
muchos que hacen actividades que hacía Eli", comenta Nadia orgullosa de
que sea considerado un héroe nacional y que su nombre esté presente en
numerosas calles del país. Ha llegado incluso a Netflix donde Sacha Baron Cohen interpretará su papel en la serie 'El Espía'.
Nadia
crítica a los jefes del Mosad de esa época por mantener a su marido
tanto tiempo en Damasco, pese a que el riesgo era cada vez mayor. Es el
dilema de un servicio secreto: continuar la misión dado el ingente
caudal de información de oro que genera o saber retirarse a tiempo.
"Querida
Nadia, querida familia, escribo mis últimas palabras con la esperanza
de que siempre estéis unidos. Yo pido a mi esposa que me perdone, que se
preocupe de ella misma y que proporcione una buena educación a nuestros
hijos. Algún día estaréis orgullosos de mí", escribió el espía de Damasco en sus últimas horas antes de que le quitaran el reloj y la vida.
"el Holocausto no tiene final". Ha de permanecer como un presente histórico del que Europa no podrá sanar jamás.
Claude Lanzmann rodando 'Le dernier des injustes' en 2013 | Cordon Press
El mayor legado intelectual de Claude Lanzmann es esa rareza inclasificable que es Shoah.
Lanzmann comprendió que el único modo de nombrar el horror absoluto es
negándose explícitamente a la pretensión de enunciarlo: "Dirigir sobre
el horror una mirada directa" y asumir el peso de un "acto radical de
nominación", pues la forma más acabada de desmentirlo, falsearlo o
trivializarlo es a través de la pretensión de mostrarlo. Buscó huir de
la ficción sin caer en la trampa del documental, artificio selectivo con
el que presentar como verdad el coágulo nebuloso de imágenes en las
cuales lo verdadero es imposible sin la palabra, sin el contexto, sin el
matiz, sin el estudio, y nunca es definitivo. Toda imagen miente. Por
eso Shoah no es un documental sobre el Holocausto ni una
película sobra la historia del exterminio masivo en la II Guerra
Mundial. Es la puesta en escena del testimonio de los supervivientes,
pero también del papel de los ejecutores y de los que lo presenciaron,
lo padecieron indirectamente o se beneficiaron directamente. Lanzmann
filma la palabra, y los lugares tal como hoy quedan son negados plano a
plano por los protagonistas, cuyo relato de los hechos destruye esa
placidez inocente, ese olvido inexorable, esa belleza inerte y cruel,
tan natural como ciega. La renuncia a la manipulación de la imagen más
allá del inevitable encuadre, a su embellecimiento musical, el escrúpulo
por respetar la tensión del interrogatorio, obedecen a la rigidez de
una técnica que contamine lo menos posible el testimonio. La
rememoración, el relato, ese temblor continuado, la vergüenza por seguir
vivo, es toda la presencia que se precisa, y procede, con timidez y sin
retórica, al desmentido de cuanto la imagen puede evocar. Shoah
es la representación de lo que sólo el silencio consiente en acoger, y
su afán es el de hacer posible la transmisión y, así, negar el olvido:
Hay que hablar y guardar silencio a la vez, (…) el silencio es el modo más auténtico de la palabra.
En tal empresa se sometió al rigor extremo de una técnica cinematográfica inusual, sin documentos de archivo ni dramatización:
Shoah es antes que nada una inacabable empresa de
desacralización, que devuelve la palabra y la instaura allí donde nunca
fue tomada, donde no pudo haberlo sido, rechazando todos los eufemismos,
forzando los silencios en todos sus retiros para que se enfrenten al
más importante de los interrogatorios: saber cómo se mató, mantenerse lo
más cerca posible del crimen, hacer que lo digan todo, hacer que lo
cuenten todo, sin detener la cámara en el momento del dolor y retirarse
de puntillas, como mandarían las buenas costumbres.
La
imagen es falseamiento, seducción o espanto, y vale más que mil
palabras sólo si su valor estriba en el engaño, el consuelo, la
satisfacción o la catarsis. Cuando se busca lo verdadero, sólo se puede
recurrir a la imagen declarando de antemano que se trata de una
distorsión, de un truco, de una opacidad. Y esa búsqueda sólo es posible
en la mutilación de toda retórica, en la medida más precisa, en el
rechazo radical a todo atisbo de desproporción. En 1985 se estrena la
obra que aviva esta paradoja: ¿cómo dejar paso a la verdad por medio de
la imagen, necesariamente mentirosa? Shoah es el colosal
desafío con el cual ofrecer en pantalla el testimonio del exterminio
sistemático de los judíos europeos a base de primeros planos sostenidos y
largos silencios en los que se abre la escena a la palabra, incluso a
pesar de los protagonistas. La película no busca explicar. Ofrece el
testimonio. Y junto a él los rostros, los parajes, el vacío, el
silencio. Enseña lo que no puede ser visto, cómo toda prueba ha
desaparecido, cómo las huellas del exterminio fueron borradas. No nos
lega la constancia de lo que sucedió, sino del intento por olvidarlo. Y
al espectador, a pesar del monumental trabajo y de la fuerza que las
palabras de las víctimas contienen, apenas le llega un eco mitigado de la verdad desnuda de esa brutalidad civilizada.
Las otras dos obras de Lanzmann sobre la Shoá son El informe Karski, con material filmado y descartado en el montaje de Shoah, y El último de los injustos,
inquietante entrevista realizada también en 1975 a Benjamin
Murmelstein, último presidente del Consejo Judío del gueto de Terezín y
único presidente de un Consejo en sobrevivir, que mantuvo contacto con
Adolf Eichmann. El sello de Lanzmann queda patente en el desafío de
filmar un interrogatorio implacable a un personaje incómodo que, por su
mera presencia, hace aflorar las dolorosas aporías a las que los
supervivientes se vieron condenados, a las fatales paradojas que
formaron parte de la maquinaria del exterminio. Su empeño en arrojar a
la vista de todos la verdad histórica con sus despiadadas miserias marca
la intransigencia severa y audaz de una obra cinematográfica que no se
permite concesiones. La fuerza intelectual y estética de Lanzmann se
basa en recorrer esos límites entre ficción, representación y verdad
poniendo frente al espejo de los abismos del ser humano al que se atreva
a mirar. Por eso, su repulsa del género cinematográfico que La lista de Schindler
encarna como arquetipo, por ser, necesariamente, una mezcolanza
complaciente que ofrece heroicidades espectaculares y grandilocuentes,
melodramas con los que solazarse en el llanto, máscaras con las que
identificarse y, acaso lo más traicionero, un final feliz que resuelva
en fundido en negro el desasosiego del espectador.
Las lágrimas son un modo de disfrutar; las lágrimas son un placer,
una catarsis. Mucha gente me ha dicho: "No puedo ver su película porque,
probablemente, viendo Shoah no haya posibilidad de llorar".
Y es que el llanto es un modo de cierre, una conclusión, una solución y, en el fondo, un consuelo. Pero "el Holocausto no tiene final". Ha de permanecer como un presente histórico del que Europa no podrá sanar jamás.
No hay lágrimas en Shoah. NOTA: Todas las citas pertenecen a la colección de artículos y textos de Lanzmann reunidos bajo el título La tumba del sublime nadador, en Editorial Confluencias. Fuente:libertaddigital.com
El periodista y cineasta Claude Lanzmann ha fallecido este jueves 5 de julio a los 92 años, según recoge el diario francés Le Monde. Defensor de la causa de Israel, fue el autor del documental Shoah, dedicado al exterminio de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial.
En la década de 1970, Claude Lanzmann se lanzó a elaborar documentales como Why Israel y Shoah. Son trescientos cincuenta horas de rodaje, llevadas a cabo entre 1974 y 1981, con conversaciones con los protagonistas del exterminio nazi, que se ha convertido en uno de los mayores emblemas cinematográficos contra el genocidio.
En 2018, Lanzmann volvió a la cuestión judía con Cuatro Hermanas,
uno de sus últimos trabajos. "Nunca me curé de la muerte. Lo que más me
escandaliza en el mundo es tener que morir. No me gusta la música, y no
me gusta morir. Puedes decir eso sobre mí", señaló en una entrevista
reciente a France Culture.
Claude Lanzmann recibió, entre otros galardones, el Oso de Oro honorífico en el Festival de Berlín de 2013 por su trayectoria y también fue nombrado Comendador de la Legión de Honor y Comendador de la Orden Nacional al Mérito en Francia
Fuente:libertaddigital.com
El cineasta, escritor y filósofo francés Claude Lanzmann
ha fallecido este jueves a los 92 años, según informa el diario 'Le
Monde'. Lanzmann es conocido por su monumental documental 'Shoah'
(1985), sobre el genocidio judío a manos de los nazis. La película, de
nueve horas de duración, supuso una revolución en la forma de abordar
aquel agujero negro en la Historia.
"Aquello era un crimen perfecto. Por primera vez en la Historia, la muerte se convirtió en industria;
una industria que quemaba los rastros. No quedaban huellas", aseguró
Lanzmann al concluir su obra, después de años de investigación. Por eso
mismo, contra ese silencio y ocultación, el cineasta francés se empeñó
en dar voz a los testigos de la barbarie. "El futuro es demasiado sombrío para permitirse el lujo de olvidar", aseguraba Lanzmann. Así, realizó documentales complementarios y publicó numerosos libros al respecto.
Fuente :elpais.com
Nathaniel
Azoulay. El 22 de febrero de 2017, Nathaniel y Jacob Azoulay iban
conduciendo cuando una furgoneta empezó a cruzárseles de forma
peligrosa. En un semáforo en rojo, el hombre les empezó a insultar.
“¡Sucios judíos! ¡Gilipollas! ¡Vais a morir!”. Al aparcar en un bar para
hablar con él, fueron rodeados por seis hombres. Uno de ellos sacó una
sierra y los hirió.Ed Alcock
El asesinato en París de una superviviente de la persecución nazi de
85 años se suma a un goteo incesante de actos y crímenes antisemitas. En
la principal comunidad judía de Europa, algunos piensan en mudarse a
otras ciudades o en emigrar a Israel. Francia los escucha, pero no saben
si será suficiente para combatir una forma de odio impulsada ahora por
el islamismo violento. Este es el testimonio de las víctimas del nuevo
antisemitismo.
PODRÍA parecer una pelea de barrio. Fue algo más.
“Sucios judíos”, escucharon los hermanos Jacob y Nathaniel Azoulay
mientras un grupo de hombres —“de tipo norteafricano”, según el acta de
la denuncia a la policía— los agredían con una sierra. Delante de aquel
bar a la entrada de Bondy, un municipio en la periferia oriental de
París, rodeados de extraños que los insultaban y pegaban, creyeron que
no saldrían vivos.
“Si te mueves, te mato”, le dijo uno de los agresores a Jacob, que se encontraba en el suelo, inmovilizado.
Era el 21 de febrero de 2017. Todo había empezado unos minutos antes,
cerca de las nueve de la noche, con una persecución automovilística.
Jacob y Nathaniel Azoulay, de 29 y 17 años, regresaban de París a Bondy
por la carretera N-3 cuando una furgoneta empezó a cerrarles el paso.
Una, dos, tres veces. Hasta que, en un semáforo, Jacob pidió
explicaciones al conductor.
“En esta carretera hago lo que me da la gana, sucio judío”, le
respondió, siempre según la denuncia policial. Supo que eran judíos
porque los hermanos Azoulay llevaban la kipá, el pequeño gorro redondo
que cubre la cabeza de los judíos practicantes.
Los Azoulay continuaron circulando, mientras la furgoneta continuaba
cerrándoles el paso sin que cesase el intercambio de invectivas por la
ventana abierta.
“Baja”, le dijo el conductor de la furgoneta a Jacob.
Una
kipá abandonada cerca de la escuela judía ortodoxa Merkaz Hatorah en
Gagny, donde hubo un incendio provocado en 2003. El entonces presidente,
Jacques Chirac, convocó un gabinete de crisis y declaró que “un ataque a
un judío es un ataque a toda Francia”.Ed Alcock
Se detuvieron delante del bar. Fue entonces cuando llegaron a las
manos. Los golpes, la sierra, los insultos. Los hermanos se salvaron
porque el padre del hombre que conducía la furgoneta y otras personas
que salieron del bar les pidieron a los agresores que parasen. “Si el
padre no hubiese estado ahí, yo estaría muerto”, recuerda Jacob Azoulay
en la agencia de viajes donde trabaja. A las siete de la tarde, el local
es un continuo ir y venir de clientes, empleados y proveedores, un
animado ajetreo mediterráneo en el distrito XIX de París, un barrio
mezclado, con población judía, musulmana, cristiana, laica.
El incidente queda lejos. Podría parecer una pelea de barrio. Pero fue algo más.
La agresión a los hermanos se suma al goteo de actos contra los
judíos franceses en la principal comunidad judía de Europa y la tercera
del mundo, por detrás de Estados Unidos e Israel. Muchos pasan
inadvertidos —la denuncia de la familia Azoulay quedó sin resolver— y se
limitan a actos invisibles —un insulto en la calle por llevar kipá, un
grafiti en una sinagoga— que simplemente hacen más incómoda la vida de
las víctimas o sus allegados. En otros casos, la violencia ha sido tan
descarnada que ha creado alarma en una comunidad que, hasta principios
de la década pasada, había creído que ser judío nunca más debería
hacerles sentir miedo en este país. Se equivocaban.
Alain
Banhmou, judío francés, sufrió un asalto en su casa de Bondy en 2015.
Uno de los agresores utilizó un pintalabios rojo de la esposa de la
víctima para escribir en la pared: “Sucio judío. Viva Palestina”. En una
carpeta con los documentos policiales de la investigación, hay un
post-it donde se lee: “Bondy. Sucio judío”.Ed Alcock
Las cifras primero. Cerca del 1,6% de la población francesa es judía.
El porcentaje es debatible por la dificultad para definir a una persona
judía, como explican el politólogo Jérôme Fourquet y el geógrafo
Sylvain Manternach, coautores de L’an prochain à Jérusalem?
(¿El año próximo en Jerusalén?), un estudio sobre el nuevo
antisemitismo francés publicado en 2016. Fourquet y Manternach llegan a
esta cifra sumando a los practicantes, que son un 0,6% de la población, y
a los que, sin declararse de confesión judía, tienen por lo menos un
progenitor judío. Casi la mitad de quienes se declaran de esta confesión
reside en la región de París y están representados en todas las capas
socioprofesionales de la población.
La mitad de los actos racistas se dirige a los judíos. Son el 1,6% de la población francesa
Muchos judíos franceses señalan —y los historiadores lo corroboran—
un año clave en el inicio de lo que podría llamarse la nueva ola de
odio. Es el año 2000, el de la Segunda Intifada, una explosión de
tensión entre israelíes y palestinos en Oriente Próximo que acabó
desbordándose hasta Francia. En 1999 se registraron en Francia 82 actos
antisemitas. Al año siguiente fueron 744, y en 2004 alcanzaron los 974.
El nivel ha oscilado: en 2017, el de los últimos datos disponibles, fue
mucho menor, 311. Pero nunca ha vuelto a bajar a las cifras de los años
noventa. La mitad de los actos racistas tiene por objetivo a los judíos,
pese a que este grupo representa una parte mínima de la población.
Ignorada por la mayoría del país, fuera de las urgencias de la agenda
política, motivo de preocupación solo dentro de la comunidad, únicamente
cuando se dan los estallidos más virulentos la sociedad francesa parece
tomar conciencia del problema.
Ocurrió esta primavera con el asesinato en París de Mireille Knoll,
una mujer de 85 años superviviente de la persecución nazi. La muerte de
Knoll, apuñalada y carbonizada en su apartamento de París, se añadía a
una sucesión de crímenes de extrema violencia en el país con las mayores
comunidades judía y musulmana de la Unión Europea.
La autoría de muchas de estas agresiones —jóvenes más o menos
inspirados en la yihad— apunta a una nueva forma de antisemitismo
distinto del odio al judío de la vieja extrema derecha autóctona. Las marchas en París
y en otras ciudades tras el asesinato de Knoll y la movilización de la
clase política son una reacción al goteo criminal en la última década.
La
casa en la que Sarah Halimi, de 65 años, fue asesinada en París.
Recibió una paliza y fue lanzada por la ventana en abril de 2017. Kobili
Traoré, un vecino de 27 años, camello y drogadicto, trepó hasta el
balcón y entró. La policía recibió varias llamadas de una mujer gritando
mientras un hombre la golpeaba y gritaba: “Cállate”, “Alá es grande” y
“He matado a Satán”. Después Traoré saltó hasta otro piso y recitó
versos del Corán. La policía lo detuvo poco después y está recluido en
un psiquiátrico.Ed Alcock
Este
es el edificio parisiense en el que Ilan Halimi fue secuestrado en
2006. El 20 de enero una chica de 17 años llamada Emma entró a la tienda
de móviles en la que Halimi trabajaba e inició una conversación con él.
Antes de marcharse, ella le pidió el número de teléfono. Emma llamó a
Halimi la tarde siguiente y lo invitó a su casa a tomar algo. Cuando
llegó, un grupo llamado Los Bárbaros lo acorraló y secuestró. Al día
siguiente por la tarde, su hermana recibió un e-mail con una foto en la
que se le veía amordazado y atado a una silla con una pistola apuntando a
su cabeza. Pedían 450.000 euros de rescate y amenazaban con matarlo si
acudían a la policía. Halimi estuvo secuestrado tres semanas y fue
torturado. Murió el 13 de febrero de 2006. Poco después su cadáver fue
hallado cerca de una estación de tren. Estaba desnudo y tenía cuatro
heridas de navaja en la garganta, estaba atado y le habían cubierto los
ojos y la boca con cinta adhesiva. Además, tenía el 60% del cuerpo
quemado con ácido.Ed Alcock
“Todos estos muertos tienen un punto en común: han sido asesinados
por lo que son, no por sus opiniones. Es un comportamiento nazi”, dice
el escritor Pierre Assouline, autor de la novela Retour à Séfarad
(Retorno a Sefarad), donde relata su periplo para obtener la
nacionalidad española como judío sefardí. “Los franceses saben que,
cuando se ataca a los judíos, la próxima etapa será el resto. El
antisemitismo actúa como una señal de alerta”.
Philippe
Braham, Yohan Cohen, Yoav Hattab y François-Michel Saada fueron
asesinados a tiros en este comercio kosher parisiense por Amedy
Coulibaly. El 9 de enero de 2015, entró en el supermercado con tres
pistolas y un rifle de asalto. Mató a 4 de los rehenes judíos y
secuestró durante horas a otros 15. Quería que los asesinos de la
revista Charlie Hebdo, un ataque sucedido dos días antes, no sufrieran
ningún daño. Al final la policía entró y mató a Coulibaly.Ed Alcock
La muerte de Knoll el 23 de marzo fue el undécimo asesinato
considerado antisemita en Francia desde 2006. El ciclo empezó ese año
con el secuestro, la tortura y el asesinato de Ilan Halimi,
de 23 años, que trabajaba en una tienda de teléfonos móviles cerca del
edificio donde Knoll fue asesinada. Siguió en 2012 con la matanza de
tres niños y un adulto en una escuela judía de Toulouse. Continuó en 2015 con la muerte de otras cuatro personas en el ataque al supermercado kosher Hyper Cacher
en Vincennes, en las afueras de París, dos días después del atentado
contra el semanario satírico Charlie Hebdo. El 4 de abril de 2017, Sarah
Halimi, una mujer judía de 65 años, fue asaltada en su apartamento
parisiense a golpes y lanzada por la ventana. Las autoridades, al
contrario que en el caso de Knoll, tardaron meses en reconocer el
carácter antisemita del crimen. El asesinato de Halimi y de Knoll son
los episodios más recientes.
“No tengo miedo”, repitió varias veces Roger Pinto en una primera
conversación por teléfono desde Israel, donde pasaba unos días en abril.
Y dijo otra frase: “La situación es insoportable”. No son afirmaciones
contradictorias: está harto, pero no se dejará derrotar.
El 8 de septiembre de 2017, Pinto fue víctima,
junto a su esposa y su hijo, de un asalto violento a su casa en
Livry-Gargan, en las afueras de París. Los asaltantes se presentaron a
las 8.30. “Dennos todo el dinero. Los judíos tenéis dinero”, les
dijeron.
Familia
Pinto. Mireille, Roger y David Pinto fueron atacados en su casa de
Livry-Gargan, a las afueras de París, en septiembre de 2017, por un
grupo de cinco personas que los golpearon y los amenazaron con
cuchillos. Los agresores creían que eran una familia rica porque eran
judíos. Al hijo de Mireille le arrancaron la cadena con la cruz de
David. Los autores del ataque fueron detenidos y están a la espera de
juicio.Ed Alcock
Unos meses después de la conversación telefónica, en el apartamento
de su hijo, David, en el distrito XVI de París, los Pinto —Roger; su
esposa, Mireille, y David— relatan con detalle las dos horas en que
pasaron secuestrados en el domicilio donde vivían desde hacía 37 años.
Muestran orgullosos una foto. Es una casa de estilo vagamente alemán, de
300 metros cuadrados y 800 de jardín, un oasis idílico en la banlieue
parisiense, el último lugar donde habrían imaginado que correrían
peligro.
Los atracadores eran cinco, recuerdan. Los Pinto acababan de volver
de vacaciones en la Costa Azul. David, que aquel día se hospedaba con
sus padres, se levantó primero, se dirigió a la cocina para hacerse un
té y vio que la tetera no funcionaba: la electricidad estaba cortada.
Bajó al sótano para comprobar el contador y fue entonces cuando le
atacaron. “Si no haces lo que te decimos, te matamos”, recuerda que le
dijeron. Subieron a por los padres y los ataron a los tres. Roger
recuerda que le pusieron un destornillador en el cuello. A David le
arrancaron la estrella de David que llevaba en un collar. Los encerraron
en una habitación mientras desvalijaban la casa. Llamaron a la policía.
Cuando los agentes llegaron, los atacantes se habían marchado.
Ahora la casa está en venta y ellos buscan apartamento en París, en un lugar donde se sientan más seguros.
En la última década, 60.000 franceses han tomado el ‘alya’, el regreso a Israel
El movimiento de los Pinto —de la banlieue, donde las etnias y
religiones viven mezcladas, a los barrios más homogéneos y seguros para
ellos en la capital— no es insólito. Algunos hablan del alya interior.
Alya es la palabra hebrea que designa la inmigración a Tierra Santa. El
alya interior, término impreciso y que muchos judíos rechazan,
designaría esta inmigración de barrios inseguros a barrios más seguros
dentro de la propia Francia, movimiento que a veces puede ser el prólogo
a la auténtica alya. En los últimos 10 años, 60.000 judíos franceses
han tomado el camino a Israel, según datos citados en el diario Le Monde por el historiador Marc Knobel, asociado al Consejo Representativo de las Instituciones Judías en Francia.
El caso de Pinto es común en la última ola de antisemitismo: una
combinación de prejuicios antisemitas de larga tradición que ahora se
manifiesta en el acoso a personas mayores dentro de su vivienda y en
barrios obreros. En los casos de Sarah Halimi y de Mireille Knoll, los
atacantes eran vecinos.
“El antisemitismo tradicional, de extrema derecha, base nacionalista y
motivos cristianos está hoy marginalizado”, dice el historiador
Pierre-André Taguieff, que acaba de publicar el libro Judéophobie. La dernière vague
(Judeofobia. La última ola). Taguieff distingue este antiguo
antisemitismo “que sobrevive” pero sin una presencia central en la
sociedad, del nuevo antisemitismo “que emerge”, y que consiste, dice, en
“una judeofobia islamizada o yihadizada”. “Los judíos en Francia tienen
razón de tener miedo porque su inseguridad física, social y cultural
está en juego”, dice Taguieff. “Creo que este miedo ha sido buscado por
los ambientes islamistas”.
La cadena con la cruz de david que le arrancaron a David Pinto era similar a esta.Ed Alcock
El viejo antisemitismo francés es el de la extrema derecha y hunde
sus raíces en el antisemitismo católico y nacionalista del siglo XIX. La
fractura ideológica de la primera mitad del siglo XX —fractura que
derivó en una guerra civil latente que cristalizó en la ocupación nazi y
el colaboracionismo durante la Segunda Guerra Mundial— tiene que ver
con la relación de la Francia mayoritaria con la minoría judía. Y tiene
un nombre: Alfred Dreyfus, el capitán del Ejército injustamente
condenado por traición. El caso Dreyfus partió Francia en dos y marcó
las divisorias de las décadas siguientes: entre laicos y ultramontanos,
entre progresistas y reaccionarios, entre la Francia cosmopolita y la
Francia ultra. El antisemitismo francés fue, hasta bien entrado el siglo
XX —incluso después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el Estado
francés cooperó con los ocupantes nazis en la deportación y el
exterminio de los judíos—, una marca de la extrema derecha.
Ya no es así. Como dice Taguieff, persiste en grupúsculos ultras y
neonazis, así como en una extrema izquierda donde el antisionismo y el
antisemitismo a veces se confunden. Pero ha mutado. Hoy el antisemitismo
avanza en ámbitos islamistas, entre un sector de la población francesa
de origen norteafricano que proyecta en sus compatriotas judíos una
mezcla de prejuicios seculares, de resentimiento político por el
conflicto israelo-palestino y de agravio social que atribuye al judío su
marginación en la República. Que sea en Francia donde la ola antisemita
se note con más crudeza no es casualidad, dada la fuerte presencia de
ambas comunidades. En Francia viven unos 770.000 judíos, según los datos
de Fourquet y Manternach, y unos cinco millones de musulmanes.
El consenso en Francia sobre el peligro real del antisemitismo es
amplio, como lo demuestra la voluntad de los principales líderes
políticos, de la extrema izquierda a la extrema derecha, de asistir a la
marcha de París tras el asesinato de Mireille Knoll. Desde el antiguo
Frente Nacional de Marine Le Pen (rebautizado como Reagrupamiento
Nacional), que con retórica antiinmigración (y antimusulmana) también
suma algunas simpatías entre la comunidad judía, hasta La Francia
Insumisa del exsocialista Jean-Luc Mélenchon, todos quisieron estar en
la manifestación, aunque Le Pen y Mélenchon tuvieron que abandonarla por
los abucheos que recibieron.
Las voces discordantes sobre la realidad de la ola antisemita son minoritarias. En 2011, en un libro titulado L’antisémitisme partout (El antisemitismo por doquier), el filósofo Alain Badiou
y el ensayista Eric Hazan sostenían que calificar de antisemitas las
posiciones de una parte de la juventud francesa negra y árabe “no es de
ningún modo la descripción de una situación real, sino una operación de
estigmatización”. Estigmatización de una minoría, según esta visión, con
la acusación de antisemitismo, arma arrojadiza desde la Francia
hegemónica contra los jóvenes de origen árabe.
Quienes más amenazados se sienten son los judíos de clase media y trabajadora
Un paseo por los barrios y banlieues donde han ocurrido la mayoría de
actos antisemitas estos años ayuda a explicar la sociología de este
fenómeno. Se trata de espacios obreros y multiculturales donde la
convivencia étnica y religiosa es estrecha. Se podría hacer un tour
macabro por los escenarios de de los ataques recientes —y casi todos se
encuentran en los barrios populares y banlieues del este de París— y no
habría nada que ver. Son lugares banales, sin historia, sin trazo alguno
de violencia. Rompen la idea de que en Francia haya guetos, aunque el
éxodo de los judíos en el interior de Francia podría crearlos: algunos
judíos educados en escuelas públicas prefieren ahora llevar a sus hijos a
escuelas privadas judías, donde están menos expuestos a la
discriminación. Y contradicen el rancio prejuicio antisemita del judío
rico: quienes más amenazados se sienten por la nueva ola antisemita no
son los judíos que viven en el París acomodado, sino personas de clase
media y trabajadora, pequeños comerciantes, asalariados o jubilados.
El conflicto, aunque contaminado por las crisis de Oriente Próximo,
es más francés de lo que parece a primera vista. Una parte considerable
de los musulmanes franceses tiene su origen en Argelia, que se
independizó de Francia en 1962. Y gran parte de los judíos franceses —de
hecho, todos los entrevistados para este reportaje— son sefardíes que
provienen de la Argelia francesa o el Túnez o el Marruecos coloniales.
Edificio
de París en el que Mireille Knoll, de 85 años y superviviente del
Holocausto, fue asesinada el 23 de marzo. Los agresores —un vecino de
Knoll de 29 años que la conocía desde niño y otro de 21 años— entraron
en el apartamento de la víctima y la apuñalaron 11 veces antes de
prenderle fuego. Uno de ellos gritó “¡Alá es grande!” mientras la
acuchillaba. El asesino de mayor edad confesó a la policía que el otro
le dijo: “Es judía, debe tener dinero”.Ed Alcock
Alain Benhamou tenía 17 años cuando llegó a Francia desde Argel. Era
el año de la independencia y, como centenares de miles de franceses de
origen europeo y de franceses judíos, hicieron las maletas y cruzaron el
Mediterráneo hacia Europa. “Los conozco bien, a los argelinos”, explica
en un café cerca de la estación de Villemomble, un municipio en el
extrarradio de París. “Contrariamente a lo que ocurrió en Francia
después, nunca sentí el antisemitismo en Argelia”. Tampoco en Francia,
hasta principios de la década pasada. Recuerda un primer incidente
traumático por aquella época. Su hija llevaba un colgante con la
estrella de David y unos compañeros de clase en la escuela pública de
Bondy —la misma ciudad donde residen los hermanos Azoulay y donde vivían
los Benhamou— le dedicaron insultos antisemitas. Fue un primer aviso.
El segundo llegaría unos años más tarde.
El 22 de julio de 2015 por la mañana Benhamou y su esposa se
marcharon de vacaciones a Turquía. Activaron la alarma que protegía su
apartamento. Por la noche recibieron una llamada de la empresa de
vigilancia que controlaba el sistema. Alguien había entrado por la
cocina rompiendo el cristal. Benhamou cree que, al sonar la alarma, los
intrusos se marcharon y se escondieron en el aparcamiento del edificio.
La policía se acercó, pero vio que la puerta estaba intacta y se marchó
sin entrar en el apartamento. Los ladrones regresaron para rematar la
faena. En un armario encontraron perfumes y pintalabios de la esposa de
Benhamou. Con un pintalabios, dejaron escrito en una pared: “Sucio
judío. Viva Palestina”. Alain Benhamou saca una carpeta con recortes y
documentos, y muestra la foto de la pared con la pintada antisemita. “A
partir de este momento decidimos que debíamos abandonar la ciudad de
Bondy”, dice. Llevaban allí, él y su esposa, 41 años. Tardaron seis
meses en mudarse a un nuevo apartamento en la vecina ciudad de
Villemomble, más tranquila, más rica, menos multicultural también.
Durante estos meses, antes del traslado de Bondy a Villemomble, Benhamou
guardó un bate de béisbol junto a la cama, por si acaso. ¿Irse a Israel? Lo pensó hace años, cuando se jubiló, pero sus hijas y nietos viven en Francia, que es su país.
Como otros muchos judíos, después de un ataque los Benhamou se mudan a otra ciudad
“En Israel nos sentimos más seguros que aquí”, responde Mireille
Pinto, que desde el asalto a su casa, y a la espera de venderla y
trasladarse a París, tiene dificultades para dormir y está en
tratamiento. Pero añade: “Marcharse de Francia sería darles la razón”.
Armand Azoulay es el padre de Jacob y Nathaniel, los muchachos
atacados con una sierra en Bondy. También es el presidente de la
Comunidad Judía de Bondy. Para evitar que se le identifique como judío,
Nathaniel, el pequeño, ha dejado de ir por la calle con la kipá. Su
hermano Jacob continúa llevándola. El padre, en su despacho de la
agencia de viajes que regenta, se resiste a tener miedo: “Le explicaré
por qué. Como judío y como practicante, siempre tengo confianza en Dios.
Sin él ya no estaríamos aquí. Así que siempre somos optimistas sobre el
fondo de las cosas, lo que no nos impide ser lúcidos”. ¿Irse a Israel?
“Si me voy, ¿qué significa? Que no hay esperanza. Este es el problema.
Pero es evidente que, si las cosas continúan así, habrá que pensar en
ello”.
En la archifamosa serie televisiva Juego de Tronos uno de los escenarios de la acción es el Muro,
que además de un lugar físico es una referencia constante en muchos
capítulos y casi un personaje en sí mismo. El Muro, situado en el frío y
nevado norte separa unos reinos más civilizados –dentro de lo
civilizado que puede considerarse el mundo que reproduce la serie–, de
un ámbito siniestro, peligroso y salvaje que se extiende más allá de la
enorme pared de hielo y piedra.
El Muro es, por así decirlo, una responsabilidad compartida
de los territorios que viven al sur de la imponente barrera: todos lo
entienden como algo propio y como una de sus obligaciones, aunque por
supuesto no siempre cumplan con sus compromisos de la misma manera o con
el mismo entusiasmo.
En Occidente también tenemos algunos Muros –no siempre físicos– que
nos ayudan a mantenernos separados de partes del mundo en las que no
rige nuestro sistema de derechos; separaciones que alejan de nuestras
vidas y nuestros hogares el terror, el fanatismo, la violencia extrema
de aquellos que desprecian la vida; muros, en suma, que nos separan de
la Edad Media aunque esta no sea una separación perfecta. Israel lleva 70 años siendo uno de ellos, probablemente el más importante. Pero, al contrario de lo que ocurre con el Muro de Juego de Tronos, no todos los que nos beneficiamos de esa barrera defensiva sentimos ya no la más mínima responsabilidad, sino tan siquiera un ápice de solidaridad, empatía o gratitud.
Por no agradecer ni les agradecemos lo mucho que su ayuda –y en no
pocas ocasiones sus expertos– nos sirven para enfrentarnos a los
problemas que ellos ya han sufrido: buena parte de la inteligencia y de
los métodos que toda Europa usa para evitar o al menos minimizar el
desafío terrorista nos llegan de ese pequeño país que ha tenido que
sufrir en primer lugar prácticamente todas y cada una de las formas de terrorismo moderno, desde los secuestros de aviones hasta los atropellos.
Nadie como el estado hebreo ha desarrollado los métodos de defensa,
de infiltración y de respuesta a la agresión del terrorismo islamista,
en el mundo real, en las infraestructuras clave, en el cada vez más
importante campo de batalla cibernético… Israel sufre, inventa, soluciona y finalmente exporta un conocimiento que todo el mundo aprovecha, un saber que salva vidas en muchos rincones de este planeta.
Pero hay algo aún más importante que eso: el hecho de que cuando Israel se enfrenta a la teocracia iraní o a sus esbirros en
Líbano o Gaza está siendo el primer cuerpo de combate de una batalla
que no es sólo suya, que es también nuestra y, muy especialmente, de los
españoles.
Porque la guerra del Islam radical –ya sea en su versión chií o en la
suní– no tiene como proyecto final la destrucción del estado hebreo,
eso es sólo un primer paso: después de Israel llegaría la reconquista de
todo lo que ha sido Dar al Islam, es decir, de nuestra Península
Ibérica, y más tarde todo lo demás. Y es que esa ideología ultrarradical
travestida de religión no está dispuesta a compartir el poder en ningún
rincón del mundo con las 'decadentes' libertades que son la base de nuestra civilización… y de cualquier cosa que merezca llamarse civilización.
Sí, ya sé que un mundo dominado por un gobierno islámico teocrático
nos parece una locura e incluso hará que algunos sonrían
condescendientemente al leer este artículo, pero eso no les importa a
los psicópatas que están dispuestos a matar y morir
para lograrlo. Es más, nuestra arrogante sensación de seguridad no hace
que Hezbolá, Boko Haram, Al Qaeda o Hamás se desmoralicen, al contrario:
saben que esa es nuestra mayor debilidad.
Al fin y al cabo, tampoco todo el mundo en los Siete Reinos puede
imaginar que los Caminantes Blancos son una amenaza real y fatal, pero
los que sí lo sabían construyeron el Muro y saben lo importante que es
defenderlo, como nosotros deberíamos saber lo importante que es defender
Israel, nuestro muro.
Carmelo Jordá es redactor jefe de Libertad Digital. Puede seguirlo en Twitter.
Al cumplir el Estado de Israel el 70° aniversario de su independencia, el resumen más acertado de su situación actual debe incluir las numerosas luces por sus grandes logros
en medio de la adversidad, y también las sombras por lo mucho aún
pendiente de resolver. Y el tema de la situación de la mujer en Israel
cuadra perfectamente en este esquema.
La legislación israelí al respecto es de las más avanzadas del mundo. Ya en la Declaración de Independencia de mayo de 1948 se recalca que el Estado de Israel "garantizará completa igualdad de
derechos sociales y políticos entre todos sus habitantes,
independientemente de su religión, raza o sexo". Y todo tipo de
discriminación está prohibida por ley.
Sin embargo, al no haber matrimonio civil sino solamente religioso
–lo cual afecta por cierto a ambos sexos, no sólo a la mujer– entran en
juego limitaciones muy complejas de la ley religiosa.
Por ejemplo, una mujer no puede divorciarse si el marido se niega y
aunque las autoridades civiles del Estado le obliguen formalmente a
conceder el divorcio, mientras el hombre no lo haga, la mujer está
"atada" e imposibilitada de formalizar otra relación marital.
El conservadurismo religioso ha ido en aumento en determinadas áreas,
en un intento de limitar la presencia pública de la mujer, pero
paralelamente a ello se ha agudizado la firmeza en la protesta social contra dicho fenómeno.
Contrastes
Por un lado Israel fue el tercer país del mundo en el que una mujer fue primer ministro: Golda Meir,
entre 1969 y 1974. Por otro, las mujeres en altos puestos en la
política siguen siendo una clara minoría. Hoy en día son 3 las mujeres
ministras de un total de 27 miembros del gobierno, aunque ya ha habido
gabinetes con mayor presencia femenina. También son 3 las directoras
generales de ministerios. De las 10 mujeres entre los 120 miembros del
primer Parlamento (Kneset) electo en 1949, se llegó a 33 en la legislatura actual, electa en marzo del año pasado.
Pero ello no es producto de discriminación salvo en los partidos
ultraortodoxos (haredies) que como principio, por consideraciones
religiosas, no incluyen mujeres en sus listas. En gran
medida, la menor cantidad de mujeres por ejemplo en el mundo de la
política, se debe también a la dificultad de maniobrar entre la crianza
de los hijos y ese tipo de actividad. En opinión de Emi Palmor,
directora general del Ministerio de Justicia: "Las mujeres no suelen
correr a puestos en los que no hay seguridad y estabilidad laboral".
Justamente el Ministerio de Justicia es un caso singular, en el que
no sólo el 68% de los funcionarios son mujeres, sino que también lo son el 68% de los directivos.
"Aquí hay una larga tradición de mujeres en la cúpula, sea en la
Procuraduría General del Estado o en otras secciones", cuenta Palmor.
"La primera directora general en el servicio público fue Nili Arad en
el Ministerio de Justicia, hace ya más de 20 años". La ministra de
Justicia es una mujer y no es la primea en el cargo. Asimismo, la
Suprema Corte de Justicia está encabezada por la jueza Rajel Hayut,
cuyas dos antecesoras en el cargo también fueron mujeres: Dorit
Beinisch primero y luego Miriam Naor. Y años atrás, también la Contralor
del Estado fue una mujer.
Ha habido un gran aumento en la cantidad de mujeres en cargos
directivos en diferentes instituciones, en el sector empresarial y en el
mundo del emprendimiento tecnológico. Son varias también las
periodistas destacadas, inclusive en el área supuestamente varonil de la
seguridad. Y los tres telediarios centrales son presentados por mujeres
: Yonit Levy en el canal 12, Gueula Even en el 11 y Tamar Ish-Shalom en
el 14.
Hay mujeres que resaltan también en otros ámbitos, como la
gobernadora del Banco Central, ladra. Karnit Flug, y un creciente número
de empresarias a alto nivel. Una de los 12 Premios Nobel de Israel es la profesora Ada Yonath, que recibió el de Química en el 2009. La primera medalla olímpica para Israel la ganó la judoka Yael Arad. ¿Y quién no conoce a la exitosa actriz Gal Gadot?
El ejército, campo para la igualdad
Pero cuando de luchas se trata, la mujer maravilla no es la del
celuloide sino la de la realidad: indudablemente el campo de mayor
igualdad en la práctica es el militar. En Israel, las
mujeres deben cumplir por ley servicio militar obligatorio, aunque un
año menos que los hombres. Dado que las jovencitas religiosas pueden
quedar exentas del servicio con solo proclamar que no pueden enrolarse
por cuestión de fe y modestia, el porcentaje de las mujeres en las
Fuerzas de Defensa de Israel es de algo más del 30%. Pero por otra
parte, son casi la mitad de los oficiales.
Hasta ahora únicamente una mujer ostentó el rango de general, pero el 92% de las posiciones están abiertas a mujeres,
salvo las de combate en los principales comandos. Hay mujeres pilotos y
copilotos, comandantes de barcos, combatientes en unidades fronterizas y
en una diversidad de puestos de gran responsabilidad.
Por otra parte, ha sido justamente el ejército uno de los marcos de
discusión sobre el tema de género, por la intervención de rabinos que se
pronunciaron sobre el servicio militar de las mujeres, criticando el
servicio conjunto de hombres y mujeres. Y en ciertas unidades en las que
sirven soldados ultraortodoxos ha habido situaciones delicadas en las
que se pretendió que mujeres no participen en ceremonias con canto, por cuestiones de "modestia".
"Estamos en un buen lugar en el medio", comentó tiempo atrás la diputada Aliza Lavie,
del partido opositor Yesh Atid, que durante la anterior legislatura
encabezó la comisión parlamentaria sobre la posición de la mujer. "Se ha
logrado mucho y falta mucho más por lograr".
Una comparativa ventajosa
Sin olvidar los desafíos con los que Israel aún lidia en este campo
–y no es por cierto la única democracia occidental que los tiene–, su sociedad puede ser tomada como ejemplo
por varios países árabes de su entorno. En algunos de ellos, las
limitaciones del fundamentalismo religioso islámico y ciertas costumbres
locales, constituyen una compleja combinación que limita la libertad de
la mujer.
Recientemente, de cara al 70° aniversario de Israel, fueron
publicados en la prensa árabe varios artículos ilustrativos al respecto,
de tono duramente autocrítico. En uno de ellos, Reda Abd Al-Salam, exgobernador de la provincia egipcia de Al-Sharqiya, actualmente profesor en la Universidad de Mansoura en Egipto, escribió:
¿Por qué Israel ha avanzado y los árabes y los musulmanes se han
quedado atrás? (…) Los pueblos árabes y musulmanes viven bajo regímenes
que durante décadas se han comprometido no en desarrollar a sus pueblos y
establecerse en economía, sociedad, ciencia y democracia, sino en
establecer su propio gobierno… Durante este tiempo, aquellos a quienes
llamamos ‘los hijos de monos y cerdos’ se enfocaron en la educación, la
salud, la economía y la tecnología. Se dedicaron a la construcción real.
Una construcción que también ha incluido, obviamente, el desarrollo de la mujer.
Fuente:libertaddigital.com
El pasado 20 de abril, el columnista del New York Times, Bret Stephens,
celebraba el aniversario de Israel elogiando el "poder judío" durante
70 años; mostraba como mayor logro de Israel haber servido de refugio para todos los judíos del mundo.
El nacimiento de Israel encuentra explicación en la necesidad de que
los judíos tuvieran un hogar. Es cierto; y Stephens tiene razón, pero
sólo en parte.
Tras estos 70 años, el poderío militar y la defensa de los judíos allá donde corrieran peligro son insuficientes para explicar Israel. Israel es también, y principalmente, educación, libertad, igualdad, diversidad,
esperanza, progreso ante las dificultades, independencia judicial,
innovación tecnológica, disciplina y veneración por la vida, la cultura y
el arte.
Es también la lucha diaria de sus ciudadanos por defender su régimen de libertades en un océano de despotismo y barbarie. En siete décadas, Israel no ha sufrido nunca una regresión autoritaria, nunca ningún dirigente ha estado por encima de la ley.
En este tiempo, un suspiro en la historia, Israel ha elevado el valor
cotidiano de llevar sobre las espaldas el legado de miles de años
basado en la erudición y en el estudio; en comprender el mundo que nos
rodea, y luchar cada día por convertirlo en un lugar mejor. En este
sentido, Marcos Aguinis dijo acertadamente que a Israel le obligaron a ser Esparta, pero nunca renunció a ser Atenas.
Israel es un país carente de recursos naturales, con una extensión
similar a la de Galicia, rodeado de enemigos dispuestos a borrarlo del
mapa, sometido a guerras y a oleadas de terrorismo indiscriminado y,
pese a las adversidades, sus ciudadanos han sabido hacerlo crecer y prosperar.
Los israelíes no tenían nada salvo sus manos y su intelecto, y lo han
puesto en movimiento durante estos 70 años. Mientras sus vecinos, con
enormes recursos, han ahogado el bienestar de sus ciudadanos en
corrupción, fanatismo religioso, mentiras, discriminación, populismos,
demagogia y tiranías, los israelíes han trabajado abnegadamente por
hacer de su país un lugar mejor en Oriente Medio.
Todo ello no se consigue exclusivamente con un poderoso ejército y unas eficaces fuerzas de seguridad. Golda Meir,
quien fuera primera ministra de Israel en una época en que era difícil
que una mujer ostentara puestos de poder político, fue clara a este
respecto: "No nos regocijamos en victorias. Nos regocijamos cuando se
cultiva un nuevo tipo de algodón y cuando florecen las fresas". Hoy, esas fresas son Waze, el USB, el Iron Dome, la PillCam, el Copaxone, y todos los demás avances que, con Israel como denominación de origen, están mejorando nuestras vidas. Las de todos.
Ha sido la veneración religiosa y milenaria por la educación, el
compromiso con unos valores universales —los que hoy llamamos valores
judeocristianos—, y el amor incondicional a una herencia común, los
factores clave por los cuales hoy celebramos 70 años extraordinarios.
La educación, pues, ha sido una de las claves del éxito de Israel.
Y será, también, la piedra Rosetta del advenimiento de la paz. La
educación en el respeto por el prójimo, la libertad, la convivencia, la
igualdad y la justicia –valores compatibles con el Islam bien entendido–
es la asignatura pendiente para los palestinos y para todos aquellos
que aún sueñan con borrar a Israel del mapa.
Una paz justa, duradera y estable será posible cuando la palabra
tenga más valor que la espada, cuando el amor por los suyos supere el
odio por los otros y cuando la aspiración por un futuro mejor eclipse a
los falsos profetas del terror y la sangre.
La educación, el afán de hacer un mundo mejor y la convicción de que
siempre se puede progresar seguirán siendo las fuerzas motoras del éxito
israelí, y como predijo Theodor Herzl, fundador del
Sionismo político medio siglo antes de la fundación de Israel: "Todo lo
que intentemos lograr para nuestro propio bienestar repercutirá con
fuerza y de forma beneficiosa a favor de la Humanidad".
Fuente : libertaddigital.com
Desde un punto de vista convencional, la seguridad de Israel
nunca ha sido tan robusta como ahora. Tomando como base la metodología
tradicional de los balances de fuerzas, ejercicios que comparan las
ventajas, desventajas, fortalezas y debilidades de las fuerzas armadas
de un país contra otro, Israel nunca se ha encontrado en una situación
más envidiable: no sólo su ejército está mejor equipado y preparado sino
-y sobre todo- sus enemigos se han ido desvaneciendo o
han desaparecido por completo bajo la forma de ejércitos
convencionales. El caso más evidente es el de Siria. Israel ya venció a
los ejércitos de sus vecinos, y les volvería a ganar si tuviera que
enfrentarse a ellos nuevamente.
Sin embargo, que el balance de fuerzas convencionales sea claramente
favorable a Israel no justifica ninguna complacencia, habida cuenta de
que en el Medio Oriente hay otras fuerzas distintas a las fuerzas
armadas tan letales, si no más, que ellas mismas. Quizá el caso más
paradigmático sea Hezbolá, un grupo chií fundamentalista, creado a comienzos de los años 80 en el Líbano por el Irán revolucionario del imán Jomeini.
Hezbolá no es una organización armada tradicional pues aúna la
letalidad de un verdadero ejército y las tácticas de un grupo
terrorista, la inspiración divina y la política mundana, el juego
político y la intimidación y el asesinato, el tablero nacional y la
total falta de respeto a las fronteras y la legalidad internacional. En
2006 ya se enfrentó directa y abiertamente a Israel y aunque tuvo que
encajar un severo castigo, en estos últimos años, gracias a la ayuda
directa de Irán, no sólo ha logrado reconstituir su arsenal, sino que ha
adquirido misiles de largo alcance de creciente precisión. Así, de los
más de cien mil cohetes a su disposición, la mayoría dispersos y ocultos
en casas de pequeñas aldeas en el sur del Líbano, varios centenares podrían alcanzar cualquier punto en Israel con la precisión requerida para atacar instalaciones críticas.
Además, aunque es verdad que el uso iraní de Hezbolá para luchar en el sostenimiento del régimen de Basher el Assad en Siria
le ha supuesto al grupo numerosas bajas, también le ha dado una
inestimable experiencia en combate. Si tenemos en cuenta que su misión
principal es acabar con el estado judío de Israel, celo antisemita en el
que se regodean sus dirigentes, la situación de seguridad de Israel ya
no puede pintarse tan boyante. Particularmente si los europeos se
mantienen en la ficción de que una cosa es el Estado del Líbano y otra
muy distintas la organización Hezbolá, algo cada vez más complicado de
argumentar, particularmente tras la aplastante victoria parlamentaria de
Hezbolá y sus acólitos en las recientes elecciones de comienzos de este
mismo mes.
En segundo lugar, Israel se enfrenta a una amenaza a la que desde la revolución islamista de 1979 califica de existencial: Irán.
Es verdad que una guerra convencional, con tanques y todo a lo que
estamos acostumbrados, ha sido imposible de manera directa, habida
cuenta de la separación geográfica de ambos potenciales contendientes.
Pero en la actualidad esa separación física se ha evaporado
en buena parte: Irán no sólo cuenta con organizaciones a las que
utiliza para sus propósitos estratégicos, sino que ha ido aprovechando
el caos político de la región para expandir su presencia más allá de sus
fronteras. Así, desde 2014, bajo el paraguas de estar luchando contra
el Estado Islámico se ha instalado militarmente en Iraq -donde, dicho
sea de paso, el actual gobierno no puede ser más amigable hacia
Teherán-, ha movilizado a milicias tanto en Iraq como en Siria -se
calcula que algunas de ellas con una fuerza de 50 mil combatientes-, ha
enviado asesores militares de primer nivel y la Guardia Revolucionaria
cuenta con una presencia permanente y muy influyente
sobre el ejército sirio y grupos afines al régimen de Damasco. El
general Qasem Soleimani, jefe de las fuerzas Qods iraníes, ha sido
fotografiado en numerosas ocasiones pasando revista de la situación de
sus combatientes tanto en Iraq como en Siria.
Irán ha perseguido una estrategia de cerco de Israel por el Norte,
Sur y Este que empieza a ser bien visible. La semana pasada fuimos
testigos del riesgo que supone para Israel que Irán se haya acercado
a sus fronteras como nunca antes. Desde que comenzó la guerra en Siria,
Israel dejó claras sus líneas a rojas. Una de ellas era la no
aceptación de una presencia permanente iraní en el sur de Siria. De ahí
que el pasado día 4 destruyera unas instalaciones controladas por Irán
al sur de Damasco y que estaban destinadas a servir de centros de mando
para un eventual ataque contra Israel y para negar su capacidad de
ataque aéreo. Desde ese día se sabía que los mandos del la Guardia
Revolucionaria estaban preparando una represalia, incluso por encima de
algunas voces más pragmáticas en Teherán. Esa acción de represalia fue el lanzamiento de 20 cohetes y misiles contra los altos del Golán
del pasado jueves día 10. Muchos han visto en este ataque una reacción
ante la decisión del Presidente Trump de abandonar el acuerdo nuclear
con Irán, el conocido por sus siglas anglosajonas JCPOA. Pero no parece
haber sido el caso. Todo lo contrario. El destinatario era Israel. Y por
eso también la contraofensiva inmediata de Israel, quien no dudó en
castigar significativamente a los elementos de las fuerzas Qods
desplegados en el sur de Siria.
Yerran quienes vieron en este intercambio bélico el arranque de la
Tercera Guerra Mundial, pero no cabe duda de que el acercamiento físico
de las fuerzas iraníes y, más en concreto, de sus elementos más
radicales, supone un riesgo altísimo. Aunque no esté en
el ánimo de ninguno continuar con una escalada de la que no se puede
saber su final a ciencia cierta, en el terreno militar todos conocemos
que los planes a duras penas resisten la realidad y que las decisiones
estratégicas normalmente se complican rápidamente. De ahí que quienes
tienen la capacidad de influir en la situación en Siria, directa o
indirectamente, se deban plantear cómo llevar a la salida de Irán de ese país. Y cuanto antes mejor.
De la misma forma, las factorías de misiles que Irán está
construyendo en Líbano para Hezbolá, no sólo tienen que ser
desmanteladas de inmediato, sino que las naciones que participan en la
misión de la ONU, UNIFIL II, desde 2006 -incluida España-, tendrían que
aplicarse para hacer cumplir el mandato impuesto por la propia ONU: el desarme de Hezbolá al sur de río Letani, algo, obviamente, que no se ha hecho por falta de voluntad política.
La buena nueva para Israel en lo que respecta a Irán es que, tras la
decisión del presidente americano de repudiar el acuerdo nuclear, no
sólo nuevas sanciones serán posibles, justo en un momento donde la
economía iraní presenta un pésimo resultado, sino que una estrategia
hacia Irán es posible por primera vez en muchos años. El sueño de Obama
de ofrecer más y más concesiones a Teherán con el objetivo de volver a
Irán un país normal ha sido en realidad una pesadilla para toda la zona,
de Yemen a Gaza. Lejos de presentar una cara más moderada, Irán, al
amparo y con el dinero del JCPOA, ha sido más osada en estos últimos
años. Sin los Estados Unidos en el acuerdo nuclear se puede comenzar a
cambiar esa situación y penalizar a Irán por sus acciones
desestabilizadoras.
Con todo, hay un terreno donde Israel está en clara desventaja: en la
defensa de su legitimidad. Baste con observar las múltiples reacciones
internacionales a las acciones defensivas tomadas por las fuerzas
israelíes en la defensa de su territorio, amenazado por sucesivas
marchas desde la Franja de Gaza. "Marchas pacíficas", "bajas civiles",
"desproporcionada reacción de Israel…", cuando en realidad todo no es
más que una nueva forma de conducir el conflicto contra Israel por parte
de Hamas, el grupo terrorista que controla Gaza. Las marchas, lejos de
ser pacíficas, han estado orquestadas y perfectamente dirigidas. De la cincuentena de víctimas casi 40 han sido identificadas como militantes de Hamas
o de otros grupos radicales; el uso de civiles por parte de los
instigadores es ampliamente probado, al igual que la difusión de
imágenes manipuladas o creadas ad hoc como parte de una campaña de
propaganda... Pero nada de esto tiene repercusión pública alguna: en
lugar de condenar a Hamas por empujar a sus ciudadanos a un riesgo
innecesario e inútil se condena a los soldados que evitan que sus
fronteras sean violadas.
Israel siempre ha creído que bastaría dar a conocer la verdad para
que ésta triunfara, pero no calculó bien el peso de la maldad de sus
enemigos y adversarios, ni el alcance del antisemitismo, latente o
abierto, en nuestras sociedades.
Y no se trata solamente de aquello que afecta a la legitimidad de un
Estado maduro como ya es Israel, quien ahora celebra su 70 aniversario,
con el doble triunfo de Eurovisión y el traslado de la embajada
americana a su capital, Jerusalén. Si los europeos hubiesen tratado a
Israel como un socio normal, con sus virtudes y defectos, pero
plenamente capacitado para tomar sus propias decisiones, hace años que
se habría puesto punto y final al conflicto con los palestinos. Pero
creando falsas esperanzas, regalando miles de millones y dándole siempre
más tiempo a los palestinos, lejos de acercar posiciones y convencerles
de negociar sobre términos realistas, lo que se alimentó fue todo lo
contrario: intransigencia, maximalismo y corrupción.
Pero eso es otra historia que sólo se superará cuando ambas partes estén
maduras para sentarse honestamente en una mesa de negociación.