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En Israel, los Gobiernos dependen de coaliciones que aglutinan a
distintos partidos, algunos más grandes y otros más pequeños, cuyos
distintos intereses e idearios hacen que aquéllos vivan en medio de una
gran inestabilidad o incluso acaben cayendo.
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Como todo partido que coseche apenas el 2% del voto obtiene acceso al Parlamento (Knesset),
ha habido formaciones minoritarias que han ejercido una influencia
desproporcionada en las coaliciones gubernamentales. Y como los asuntos
cotidianos de la agenda israelí son de gran calado –la guerra y la paz,
el complejo entramado de lazos regionales e internacionales en que está
inmersa Jerusalén, las relaciones entre laicos y ortodoxos, la situación
económica, etc.–, las tensiones, ya digo, suelen ser enormes.
El acuerdo alcanzado entre el primer ministro, Benjamín Netanyahu, y el
líder del partido Kadima, Saúl Mofaz, ha tenido por consecuencia la
mayoría parlamentaria más amplia de la historia reciente del país: a
partir de ahora el oficialismo controlará 94 de los 120 asientos de la Knesset.
Con anterioridad, y dejando de lado el Gobierno de emergencia que lidió
con la Guerra de los Seis Días (1967) –111 escaños–, solamente el
laborista Simón Peres y el likudnik Isaac Shamir lograron –en
1984– un Gobierno de unidad nacional con tantos apoyos: 97 bancas. La
norma, ya digo, ha sido la inestabilidad: pocos Gobiernos han podido
agotar mandato.

Los grandes perdedores de esta recomposición de fuerzas son los haredim
o ultraortodoxos, que han tenido un peso considerable en las cuestiones
domésticas que más les afectan. Un tema de gran discusión en Israel es
la exención del servicio militar de que gozan los estudiantes
ultraortodoxos. Ahora, sus representantes políticos deberán hacer frente
a un bloque de partidos seculares que suma 70 de los 94 escaños
referidos: Kadima, Yisrael Beitenu y Likud.
Pero puede que el mayor impacto del cambio político israelí se perciba a
1.500 kilómetros de distancia del Estado judío, en la República
Islámica de Irán. Ahora, Israel tendrá en el Gobierno a tres exmiembros
de la prestigiosa Unidad de Reconocimiento del Estado General, conocida
en hebreo como Sayeret Matkal, protagonista de las más brillantes operaciones militares del país: el premier Netanyahu, el vicepremier
Mofaz y el ministro de Defensa, Ehud Barak. Las próximas elecciones
generales tendrán lugar en octubre del 2013, lo que permitirá al
Gobierno centrarse en un asunto crítico para la seguridad nacional, y la
propia supervivencia del país, sin perder el tiempo en campañas
electorales. Cabe preguntarse, por cierto, si el cambio en la coalición
gubernamental no ha sido propiciado, precisamente, por el hecho de que
la cuestión del programa nuclear iraní siga sin resolverse.
Con el islamismo cosechando los frutos de las revueltas árabes por toda
la región (Egipto incluido), el Hezbolá rearmándose sin pausa y los
ayatolás iraníes negándose contundentemente a abandonar sus aspiraciones
nucleares, es factible que los principales líderes israelíes hayan
finalmente comprendido que no se podía seguir postergando la
conformación de un Gobierno de unidad nacional.
Fuente:libertaddigital.com
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